Rastros de humo
Gabriela C. Torres
 

 
En las ciudades hay marcas, arrugas, pequeñas cicatrices que hacen que sus habitantes miren al pasado con nostalgia. En Sant Martí, esa pista son las chimeneas que con más de cuarenta metros de altura, hace siglo y medio no dejaban de respirar.

El humo negro del carbón que salía de sus bocas ha desaparecido, para dejar que el misterio del desuso que las rodea se convierta en inspiración de nuevas creaciones. Donde antes se fabricaban tejidos, ahora se forman a jóvenes; en las naves donde niños trabajaban durante doce horas por un bocadillo, ahora hay estudios de diseño y productoras; y aquellas industrias dedicadas a fundir hierro se están convirtiendo en pisos para ancianos y en viviendas no convencionales.

En el año 2000 el Ayuntamiento de Barcelona aprobó un plan para declarar patrimonio histórico aquellos elementos arquitectónicos que representaban el espíritu de cada barrio. Debido a su importancia durante la Revolución Industrial, la ciudad decidió conservar, mediante distintos grados de protección, 41 chimeneas. La mitad de ellas se encuentran en Sant Martí.

"Hay unas que tienen estado de ciudad (son un símbolo más de Barcelona) por su representatividad y valor social", explica el arquitecto Antoni Vilanova, experto en arqueología industrial. "En el caso de Poblenou, no podríamos hablar de un único elemento como chimenea referencial. Está la de la antigua fábrica de Can Folch, en la Villa Olímpica; la de Macosa, la más alta; o la de Cristóbal de Moura, por su singular construcción en la parte superior."

Estos gigantes de ladrillo cuidan que el recuerdo del socialismo utópico, el movimiento anarquista y el intento de que el esperanto fuese una lengua universal no desaparezca con la puesta en marcha del 22@. "Por definición, siempre que hay un elemento protegido, los responsables de los proyectos de las parcelas aledañas tienen que pedirnos un informe sobre lo que se podría o no construir. En algunos casos logramos que cambien los materiales", dice Jordi Rogent, jefe de la revisión del catálogo arquitectónico.

Hay quienes se adelantaron al sentimiento actual por reivinicar el pasado industrial. Javier Mariscal, creador de imágenes y diseñador de la mascota "Cobi" de los juegos olímpicos Barcelona '92, fue uno de los pioneros cuando hace más de diez años instaló su taller en una antigua fábrica de curtidos de Palo Alto. "Yo intenté conservar todo lo que pude, decidimos mantener la chimenea, arreglarla y ponerle plantas. Hoy en día aquí entra el sol, tenemos calefacción, trabajamos con cosas muy lindas como son los ordenadores y vendemos imaginación, vendemos conocimiento."

En la mayoría de los casos, los dueños de los terrenos sólo están obligados a resguardar la chimenea. A pesar de no ser funcional, su verticalidad hace que no ocupen tanto espacio, por lo que se puede preservar el testimonio de una época industrial y "vender una imagen de este pasado sin que se perjudique una operación pública o lucrativa; es incluso un atractivo", afirma Vilanova.

Mantener el recuerdo de las torres de humo cuesta más de 400 mil euros. En el caso de la chimenea de Macosa, el Ayuntamiento ha gastado 600 mil. Un esfuerzo considerable como para que las nuevas edificaciones, que crecen en sus alrededores, impidan su visibilidad o rompan con la nostalgia de tiempos remotos por sus modernos diseños. "Esto es lo que en el plan del patrimonio no se llegó a concretar, el problema es que para que a las constructoras le salgan bien los números tienen que hacer edificios altos", comenta Rogent.

La Constitución, aprobada en 1977, protege la propiedad privada sobre el bien público. Esto hace que el Ayuntamiento tenga que negociar con los propietarios. "En algunos casos no tuvimos inconvenientes en que rediseñaran el proyecto. También hemos logrado que áreas pegadas a las chimeneas se transformen en zonas verdes... hemos hecho lo que hemos podido", se excusa Rogent.

En Sant Martí se está jugando a modernizar el distrito sin perder los rastros que guíen al pasado. "Yo prefiero que esta sea una ciudad que cambie y que evolucione, pero también es importante tener memoria, que puedas ver cómo eran aquellos espacios y ver qué construcciones se hacían, cuáles eran sus volúmenes", afirma Mariscal, quien prefiere revindicar el recuerdo del obrero oprimido con un ambiente de trabajo lleno de luz, de plantas, de tranquilidad.

Quizá para alguien que llega a Sant Martí sin tener idea de lo importante que fue el movimiento obrero del siglo XIX, estas torres sólo sean estructuras huecas. "Pero si decide quedarse, al poco tiempo se dará cuenta de ese tejido social que te hace sentir que el barrio es diferente, que tiene personalidad propia", explica Vilanova.



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